Tribuno, periodista, hombre de letras uruguayo, el más genuino representante del romanticismo político y literario en nuestro país.
Vivió la mayor parte de su vida fuera de la patria, donde su actuación pública se redujo a una breve diputación (1852), a un fugaz Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores (1853), y a su no muy extensa, pero sí intensa, actividad periodística en los diarios El Orden (1853), y El Nacional (1857).
Como un auténtico romántico, desarraigado de la realidad circundante, peregrinó por Brasil, Europa, Chile y Argentina, radicándose en este último país desde 1857 hasta su muerte (1884).
Durante dicho tiempo, siguió sus tareas periodísticas y cultivó la poesía. En Chile sucedió a Domingo Sarmiento, en la redacción de El Mercurio, de Valparaíso, y dirigió El Orden, de Santiago.
Su producción poética es fruto de época, y por tanto hoy de escaso valor literario.
Poseyó algunas cualidades intelectuales de polemista y de poeta, expresa Zum Felde, pero no dieron frutos sustanciales y duraderos: las dispersó en efímeras quejas y en empresas utópicas.
Padeció toda su vida (desde la juventud hasta la vejez), sin que la madurez ni la experiencia llegaran a curarlo, el mal de un idealismo soñador, que no tocó jamás la tierra. A los cincuenta años, Gómez era el mismo joven romántico que a los veinte.